DIA 4: CUANDO EL METAL VENCIÓ A LA LLUVIA
Todo lo bueno llega a su fin y el cuarto y último día de Copenhell no fue la excepción. Después de tres jornadas intensas, el cansancio ya empezaba a sentirse. Por eso llegamos al festival más tarde de lo habitual, intentando recuperar algo de energías tras haber disfrutado del after party de la noche anterior hasta las dos de la madrugada. Sin embargo, el cierre todavía guardaba algunas de las mejores actuaciones de toda la edición.
El primer destino fue el escenario Helviti para recibir a las leyendas del punk rock Social Distortion. Con décadas de trayectoria sobre sus espaldas, la banda liderada por Mike Ness ofreció un concierto elegante, apoyado en ese característico cruce entre punk rock y rockabilly que tantas bandas influenció con el paso de los años. La presencia de Ness continúa siendo magnética y comandó el escenario con absoluta naturalidad. Incluso se tomó un momento para pedir disculpas por "las estupideces que está haciendo el gobierno estadounidense", comentario que fue recibido con aplausos por gran parte del público. Musicalmente el show fue sólido y estuvo repleto de canciones pegadizas, aunque la similitud entre muchas de ellas terminó generando cierta monotonía con el correr de los minutos. Aun así, fue un muy buen comienzo para la última jornada.
La primera gran sorpresa del día llegó en Pandaemonium con Katla, quienes volvieron a demostrar por qué son una de las bandas danesas con mayor crecimiento dentro del doom metal. Si en ocasiones anteriores ya habían impresionado por su propuesta, esta vez decidieron llevar todo un paso más allá construyendo un enorme castillo sobre el escenario, con cada integrante ubicado en una sección distinta de la estructura. A eso le sumaron lanzallamas, cañones de papel y una producción visual que convirtió el concierto en un verdadero espectáculo. El sonido fue impecable, la ejecución excelente y el público local respondió con una pasión desbordante. "Dead Lovers" y "Castle of Purity" fueron dos de los momentos más celebrados, especialmente esta última, cuyo estribillo fue cantado prácticamente por todo el festival. Como broche de oro, durante la canción final "Taurs", un pequeño auto eléctrico comenzó a dar vueltas alrededor del castillo, aportando un detalle completamente inesperado y muy divertido. Sin dudas, una de las mejores presentaciones de todo Copenhell.
El regreso a Helviti significó una verdadera fiesta gracias a Alestorm. Los escoceses demostraron una vez más que pocos grupos entienden tan bien cómo convertir un recital en una celebración colectiva. Los clásicos patos inflables aparecieron sobre el escenario y, minutos después, ya estaban volando por encima del público mientras miles de personas bailaban, saltaban y armaban enormes rondas. Durante "Nancy the Tavern Wench", buena parte de la audiencia simuló remar al ritmo de la canción, mientras que el cover de "Hangover" y el infaltable "Drink" desataron la mayor cantidad de crowd surfers de toda la jornada. La banda contagió energía de principio a fin y transformó el escenario principal en una gigantesca fiesta pirata. La única deuda fue un volumen demasiado bajo para un show que pedía mucha más potencia.
Con dos propuestas muy distintas coincidiendo en el horario, hubo que tomar una decisión entre Saxon y Eyehategod. Finalmente la balanza se inclinó hacia los pioneros del sludge metal. La elección valió completamente la pena. Eyehategod ofreció exactamente lo que cualquier seguidor de la banda esperaba: una actuación sucia, desprolija, pesada y absolutamente contundente. Sin necesidad de grandes artificios, el grupo desplegó toda esa crudeza que los convirtió en referentes del género mientras el público respondía con pogo y mosh prácticamente durante todo el concierto.
El último gran show del escenario principal quedó en manos de los locales Volbeat, quienes demostraron por qué siguen siendo una de las bandas más importantes de Dinamarca. La expectativa era enorme y desde varios minutos antes del comienzo ya se veía una multitud esperando frente al Helviti. La producción estuvo a la altura del cierre de festival: una larga pasarela, enormes pantallas, columnas de humo, fuego, explosiones y una puesta visual impactante acompañaron un sonido demoledor. Musicalmente siguen destacándose por una identidad muy particular, mezclando metal con claras influencias del rockabilly que popularizó Social Distortion y el espíritu del punk rock, logrando un estilo completamente reconocible. Lamentablemente, cuando el recital todavía tenía varios momentos importantes por delante, una tormenta eléctrica obligó a detener la presentación antes de tiempo.
Lo que ocurrió después difícilmente pueda olvidarse. Entre el final de Volbeat y el horario previsto para los últimos conciertos, el cielo comenzó a iluminarse con rayos y truenos que parecían sacados de una película. A las 23:30, momento en el que debía comenzar Blood Fire Death en Pandaemonium, la lluvia cayó con una intensidad brutal y durante diez o quince minutos el festival quedó completamente paralizado mientras miles de personas buscaban refugio donde fuera posible. En mi caso terminé refugiándome dentro de un baño frente al escenario Pandaemonium. Finalmente, cerca de la medianoche, la organización anunció que los conciertos continuarían a partir de las 00:15. Tocaba decidir entre Babymetal y Blood Fire Death. La elección fue inmediata.
Y fue, sin ninguna duda, la mejor decisión de todo el festival. Como si la tormenta hubiera sido el prólogo perfecto para lo que estaba por suceder, comenzaron a sonar los acordes de "A Fine Day to Die" mientras los músicos y el enorme coro ocupaban lentamente el escenario. El primero en aparecer fue Gaahl, ex cantante de Gorgoroth, en un estado vocal y escénico sencillamente épico. Blood Fire Death no es una banda convencional, sino un homenaje a Bathory y a la figura inmortal de Quorthon, uno de los máximos responsables del nacimiento del black metal y de la evolución posterior hacia el viking metal. Para semejante tributo se reunió una formación irrepetible: Apollyon en bajo, cediendo su lugar durante tres canciones a Frederik Melander, bajista original de Bathory; Blasphemer (ex-Mayhem) e Ivar Bjørnson (Enslaved) en guitarras; Faust (Emperor) en batería; y un desfile de vocalistas compuesto por Gaahl (ex-Gorgoroth), Erik Danielsson (Watain), Attila Csihar, histórico cantante de Mayhem, Grutle Kjellson (Enslaved) y Nergal (Behemoth). La tormenta obligó a cancelar todos los efectos de fuego previstos para el espectáculo, pero ya no hacían falta. La música fue suficiente para incendiar el alma de todos los presentes. Ver semejante reunión de leyendas interpretando las canciones de Bathory fue un privilegio irrepetible. No hubo puntos bajos ni momentos de respiro. Todo el concierto fue extraordinario. Si hubiera que señalar un instante por encima del resto, sería el cierre con "Blood Fire Death". Un final épico, emocionante y absolutamente inolvidable. El sonido fue espectacular, las interpretaciones estuvieron a un nivel sobresaliente y la emoción que se respiraba frente al escenario fue difícil de describir. Para quien escribe, no solo fue el mejor concierto de Copenhell 2026, sino uno de los mejores shows que haya tenido la suerte de presenciar.
Así llegó a su fin una nueva edición de Copenhell. Cuatro días de música, cientos de miles de personas compartiendo la misma pasión y una organización que, incluso frente a una tormenta eléctrica de semejante magnitud, supo priorizar la seguridad sin impedir que el festival tuviera el cierre que merecía. Una vez más, Dinamarca demostró por qué este evento se ganó un lugar entre los festivales de metal más importantes de Europa. Solo queda agradecer a toda la organización por otra edición inolvidable y esperar con ansias el próximo verano. Si alguna vez pensaste en vivir la experiencia Copenhell, que 2027 sea el año para hacerlo. Nos veremos nuevamente frente a los escenarios.
DIA 3: CUANDO CADA ESCENARIO CONTÓ UNA HISTORIA DIFERENTE
Después de dos jornadas que habían dejado la vara altísima, el tercer día de Copenhell prometía ser uno de los más variados de toda la edición. La grilla mezclaba bandas consolidadas con nombres en pleno ascenso, el regreso de figuras históricas y propuestas completamente diferentes entre sí. Todo eso bajo un sol abrasador y temperaturas que superaban ampliamente los 30 grados, poniendo a prueba tanto a los músicos como a un público que, lejos de bajar la intensidad, respondió con la misma entrega de siempre.
Los encargados de abrir nuestro recorrido fueron los suecos de Imminence, una banda que todavía no alcanzó la masividad de otros exponentes del metal moderno, pero que viene escalando posiciones de forma constante. Su propuesta gira alrededor de un metalcore pesado, apoyado principalmente en el costado más agresivo del género. El problema es que, más allá de la calidad de la ejecución, cuesta encontrar una personalidad realmente propia. En varios momentos da la sensación de estar escuchando a cualquiera de las tantas bandas que hoy ocupan ese espacio dentro de la escena. Su principal carta de presentación es el uso del violín, un elemento que ocupa un lugar central en la imagen de la banda y que sirve para diferenciarla del resto. Sin embargo, durante el concierto apareció bastante menos de lo que esperábamos. Cuando sonó, aportó un color distinto e interesante, pero quedó la sensación de que todavía podrían explotarlo mucho más y construir una identidad verdaderamente única. Fue un buen show, aunque también dejó la impresión de que Imminence todavía tiene margen para evolucionar y ofrecer algo más arriesgado.
Con el escenario Helviti ya listo para uno de los platos fuertes de la tarde, llegó el turno de Trivium, una banda que hace años viene subiendo escalones hasta consolidarse como uno de los nombres más importantes del metal moderno. No fue producto de la casualidad. Una discografía cada vez más sólida —especialmente en sus trabajos más recientes—, actuaciones en vivo de altísimo nivel y el enorme carisma de Matt Heafy dentro y fuera del escenario hicieron que el grupo alcanzara un lugar de privilegio. Y en Copenhell volvieron a demostrar por qué. Desde el primer tema la banda sonó con una precisión impresionante. Todo estuvo perfectamente ajustado, con una ejecución técnica impecable pero sin perder agresividad ni energía. Más allá del talento individual de cada músico, lo que terminó marcando la diferencia fue la conexión permanente con el público. Matt manejó la audiencia con total naturalidad, mientras el resto del grupo acompañó con una actitud arrolladora que encontró respuesta inmediata en miles de personas cantando, levantando los puños y armando pogos constantes. La producción también aportó lo suyo. Hubo columnas de fuego, lluvia de papeles y un despliegue visual que potenció cada momento del show. Aunque, siendo sinceros, con una sensación térmica superior a los 30 grados cada llamarada se sintió bastante más de lo que probablemente estaba previsto. El repertorio fue corto, pero prácticamente no dio respiro. Down From the Sky, Like Light to the Flies y un cierre demoledor con In Waves terminaron de confirmar que Trivium atraviesa uno de los mejores momentos de toda su carrera. El único detalle negativo fue un volumen de sonido algo bajo para una banda de semejante potencia. Aun así, estuvo muy lejos de opacar uno de los recitales más completos de toda la jornada.
Después de semejante descarga de energía, era momento de cambiar completamente de clima. El escenario Hades recibía a P.O.D., otro de los protagonistas del revival que vive el nü metal desde hace algunos años. Los estadounidenses ofrecieron un recital correcto, entretenido y efectivo, aunque nunca alcanzó la intensidad que suelen generar otras bandas representativas del género. Gran parte del peso del espectáculo recayó sobre Sonny Sandoval y Marcos Curiel, quienes sostuvieron la presencia escénica durante todo el concierto. En cambio, tanto el bajista como el baterista tuvieron una participación mucho más discreta, algo que también hizo que el show perdiera un poco de fuerza visual. A eso se sumó una producción bastante austera, sin una escenografía o elementos que ayudaran a potenciar la puesta en escena. El sonido cumplió sin sobresalir demasiado, pero cuando empezaron a sonar himnos como Boom y Alive, cualquier análisis técnico pasó a un segundo plano. El público explotó inmediatamente y convirtió esos minutos en los más intensos del recital, recordando que, aunque el tiempo haya pasado, P.O.D. todavía conserva canciones capaces de encender cualquier festival.
Sin embargo, lo que vendría a continuación ofrecería una experiencia completamente distinta. Mientras Hades apostaba por la adrenalina, Helviti se preparaba para recibir uno de los shows más atmosféricos y elegantes de todo Copenhell: el esperado regreso de A Perfect Circle. Si P.O.D. había apostado por la energía y los himnos del nü metal, lo de A Perfect Circle fue exactamente lo contrario. Más que un recital, el grupo liderado por Maynard James Keenan ofreció una ceremonia. Un viaje introspectivo donde cada canción parecía pensada para envolver al público en una atmósfera casi hipnótica. La música, las visuales y la iluminación construyeron un espectáculo elegante, de esos que invitan más a contemplar que a desatar un pogo. Lamentablemente, hubo un enemigo imposible de esquivar: el horario. Ver una propuesta tan oscura y envolvente bajo el sol abrasador de las 18:30 le quitó parte del impacto. Es difícil no imaginar cuánto más habría brillado este mismo show entrada la noche, cuando el festival adquiere ese aire mucho más místico que tanto favorece a bandas de este estilo. Más allá de ese detalle, la ejecución fue sencillamente brillante. El sonido fue uno de los mejores de todo el festival, con una claridad impecable que permitió apreciar cada matiz de una banda que vive precisamente de esos pequeños detalles. Todos los músicos estuvieron a un nivel altísimo, con una mención especial para el guitarrista, que realizó un trabajo exquisito durante toda la presentación. Y, por supuesto, Maynard volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los cantantes más particulares e influyentes del rock y el metal. Sin excesos ni grandes discursos, dominó el escenario únicamente con su presencia y una interpretación vocal impecable. El repertorio también dejó conformes tanto a los seguidores más fieles como a quienes buscaban los grandes clásicos. Hubo espacio para canciones menos habituales como Rose y Disillusioned, además de infaltables como Weak and Powerless, The Outsider y un emotivo cierre con Judith, que terminó de coronar una de las actuaciones más refinadas de toda la jornada.
Pero si A Perfect Circle había invitado al público a mirar hacia adentro, el siguiente recital se encargó de devolver a todos a la realidad de la forma más violenta posible. Los jóvenes daneses de Neckbreakker tomaron el escenario Hades y durante una hora arrasaron con todo a base de un death metal moderno, cargado de groove y una agresividad demoledora. Lo que ocurrió frente al escenario fue, sin exagerar, el pogo más grande que vimos en todo el festival. Llegó un punto en el que prácticamente ya no había lugar para la enorme cantidad de gente que quería sumarse al mosh pit. La banda respondió a semejante locura con un recital demoledor. El sonido fue impecable y la producción estuvo varios escalones por encima de lo que uno esperaría para un grupo tan joven. Humo, llamaradas y explosiones de papel acompañaron una descarga constante de riffs pesadísimos que no dio un segundo de respiro. Resulta sorprendente pensar que músicos con tan poca trayectoria ya hayan compartido escenarios con Slayer y girado como soporte de Gojira. Viendo una actuación como la de Copenhell, se entiende perfectamente por qué tantas miradas empiezan a posarse sobre ellos. Si continúan creciendo a este ritmo, todo indica que Neckbreakker tiene condiciones para convertirse en uno de los grandes nombres de la nueva generación del metal extremo.
Con el festival ya entrando en su recta final, llegaba el momento de cubrir el inesperado vacío que había dejado la cancelación de Twisted Sister. La organización optó por convertir ese contratiempo en una celebración, armando un espectáculo especial por los quince años de vida de Copenhell. Así nació 15 Years of Copenhell, un show colectivo donde fueron desfilando músicos, en su mayoría daneses, junto con algunos invitados internacionales de renombre como Gus G. y Joey Belladonna. La propuesta fue relajada y festiva, más cercana a una gran reunión entre amigos que a un recital tradicional. También hubo lugar para un DJ set entre las distintas participaciones, manteniendo siempre el clima de celebración. No faltaron clásicos capaces de hacer cantar a todo el predio, como We're Not Gonna Take It, No More Tears, Paranoid y varios himnos más que funcionaron como banda sonora perfecta para homenajear la historia del festival. Fue un espectáculo simpático, con mucho entusiasmo por parte de todos los participantes y un público dispuesto a acompañar cada canción. Sin embargo, nunca dejó de sentirse como lo que realmente era: una solución de emergencia para cubrir la ausencia del headliner. Sirvió para pasar un muy buen rato y celebrar el aniversario de Copenhell, pero difícilmente alguien lo recuerde como uno de los grandes momentos musicales del fin de semana.
Y cuando parecía que la noche ya había entregado todo lo que tenía para ofrecer, todavía quedaba una última descarga de thrash metal de la mano de una verdadera institución del género. La decisión, eso sí, no sería nada sencilla. La última gran decisión del día fue también la más dolorosa. El cronograma obligó a elegir entre Anthrax en Hades y Gaerea en Pandaemonium. Dos propuestas completamente distintas, pero igual de tentadoras. Finalmente nos inclinamos por los neoyorquinos, y la elección terminó siendo un pleno. Anthrax salió al escenario con una sola misión: divertirse y hacer que todo el público se divirtiera con ellos. Desde el primer minuto quedó claro que no iban a complicarse la vida con artificios. Lo suyo fue una descarga directa de thrash metal, apoyada en un repertorio que mezcló clásicos inevitables con algunas sorpresas para los seguidores de toda la vida. En apenas doce canciones repasaron himnos como "Caught in a Mosh" y "Among the Living", hicieron estallar al público con "Madhouse" y "Antisocial", rescataron una joya menos habitual como "Keep It in the Family" e incluso sorprendieron con el estreno en vivo de "It's for the Kids". Fue un set corto, pero tan bien armado que prácticamente no dio respiro. El sonido acompañó de principio a fin con una potencia demoledora, permitiendo disfrutar cada riff y cada golpe de batería. Justamente el baterista suplente fue uno de los grandes protagonistas de la noche, ofreciendo una actuación impecable que sostuvo el recital con una energía impresionante. Scott Ian, como siempre, fue un motor inagotable sobre el escenario, mientras Joey Belladonna volvió a demostrar que el paso del tiempo parece no afectarle demasiado. Pero si hay algo que distingue a Anthrax del resto del Big Four es la sensación de felicidad que transmiten arriba del escenario. No importa cuán agresiva sea la música: siempre da la impresión de que los cinco están disfrutando cada segundo y logran contagiar esa misma emoción al público. El resultado fue un Hades convertido en una auténtica fiesta de thrash metal, con pogos constantes, crowdsurfers volando de punta a punta y miles de personas cantando cada estribillo hasta quedarse sin voz.
Así terminó un tercer día que probablemente haya sido el más diverso de toda la edición. Desde el metalcore contemporáneo de Imminence hasta la precisión demoledora de Trivium; del viaje introspectivo de A Perfect Circle a la violencia desatada de Neckbreakker; de la nostalgia del nü metal con P.O.D. a la celebración por los quince años de Copenhell y el cierre explosivo de Anthrax. Pocas veces un mismo festival consigue recorrer tantos matices sin perder su identidad. Pero lo mejor todavía estaba por llegar. El cuarto y último día prometía despedir Copenhell 2026 con una alineación de lujo, grandes nombres internacionales y varias de las actuaciones más esperadas de todo el fin de semana. Después de tres jornadas inolvidables, solo quedaba una pregunta: ¿podría el festival superarse una vez más antes de bajar definitivamente el telón?
DIA 2: EL PRESENTE LE GANÓ AL PASADO
El segundo día del Copenhell volvió a demostrar la amplitud de una grilla que no entiende de etiquetas. Del heavy clásico al death metal, del hardcore más salvaje al metalcore de estadio, la jornada ofreció propuestas para todos los gustos y confirmó que la intensidad del festival no decae una vez superado el estreno.
Uno de los primeros grandes nombres en subir al escenario principal Helviti fue Black Label Society. Resultó un verdadero placer volver a ver a Zakk Wylde enfocado en su propia banda después de los últimos años dedicados a Pantera y al acompañamiento de Ozzy Osbourne en el tramo final de su carrera. El guitarrista regresó con energías renovadas, un nuevo álbum bajo el brazo y las mismas ganas de conquistar escenarios que siempre lo caracterizaron. Su carisma volvió a hacer efecto casi de inmediato. Entre solos espectaculares, clásicos imprescindibles, material reciente y un emotivo homenaje a Ozzy con "No More Tears", Wylde volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los grandes showmen del metal. La banda respondió con un nivel impecable, pero el sonido terminó jugando en contra. El trigger del bombo apareció exageradamente alto y saturó buena parte del comienzo del recital, mientras que guitarras y bajo quedaron demasiado relegados en la mezcla, restándole la contundencia que exige una banda como Black Label Society. Aunque el problema fue corrigiéndose con el correr del show, nunca terminó de alcanzar la potencia necesaria. Un buen concierto, aunque lejos de todo su potencial.
En Hades, Gatecreeper aprovechó al máximo la oportunidad de reemplazar a último momento a Static-X. Los estadounidenses confirmaron por qué hoy son uno de los nombres más comentados del death metal moderno. Sonaron demoledores, ejecutaron un repertorio sólido y encontraron el equilibrio perfecto entre brutalidad y canciones memorables. Incluso dentro de su propuesta extrema aparecen influencias del rock clásico, el rock gótico y otros estilos que enriquecen la composición sin perder agresividad. El público respondió con una energía constante durante todo el concierto y quedó claro que Gatecreeper atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera.
Ice Nine Kills llevó el espectáculo hacia un terreno completamente distinto. Musicalmente, su combinación de metalcore con melodías pop extremadamente dulces está lejos de ser una propuesta que me resulte particularmente atractiva. Sin embargo, la estética inspirada en el cine de terror terminó convirtiendo el show en una experiencia muy entretenida. La teatralidad fue protagonista de principio a fin. Personajes como Art the Clown aparecieron sobre el escenario, un cerdo poseído irrumpió durante una de las canciones y los propios músicos complementaron la puesta con referencias constantes a clásicos del cine de horror, desde una motosierra que remitía a Evil Dead hasta máscaras que recordaban inevitablemente a Jason Voorhees. Con un sonido impecable y una entrega absoluta, Ice Nine Kills ofreció un concierto muy sólido, incluso para quienes no conectamos especialmente con su propuesta musical.
Queensrÿche despertaba curiosidad. Sus trabajos recientes son realmente interesantes y varias personas me habían hablado muy bien de su presente en directo. Si bien la banda sonó correctamente y su actual cantante cumplió con creces, el recital nunca terminó de despegar. Hubo pocos clásicos, el público permaneció bastante frío y el grupo nunca encontró la forma de generar una verdadera conexión con la audiencia. Correcto desde lo técnico, pero demasiado plano en lo emocional.
La temperatura volvió a dispararse cuando Papa Roach tomó el escenario principal. Los estadounidenses encontraron su lugar dentro del movimiento nü metal en sus comienzos, pero supieron construir una identidad propia sin renegar jamás de aquellas raíces. Esa honestidad sigue siendo parte fundamental de su identidad. El concierto fue, sencillamente, uno de los grandes momentos del día. Jacoby Shaddix volvió a demostrar que pertenece a esa categoría de frontmen capaces de controlar miles de personas con absoluta naturalidad. Corrió de punta a punta del escenario, alentó permanentemente al público, invitó a sus hijos a compartir algunas canciones y hasta encontró espacio para transmitir mensajes relacionados con su fe cristiana sin romper el clima del espectáculo. El resultado fue una auténtica explosión colectiva. Pogos gigantes, personas volando sobre el público y miles de gargantas acompañando cada estribillo transformaron Helviti en una fiesta permanente. "Kill the Noise", "Scars" y "To Be Loved" fueron algunos de los puntos más altos, pero el cierre terminó siendo una verdadera declaración de principios. Antes del final, la banda anunció que era momento de viajar nuevamente a los años del nü metal. Sonó "Between Angels and Insects", apareció un medley instrumental con clásicos del género y todo concluyó con una explosiva interpretación de "Last Resort", desatando una de las mayores ovaciones de toda la jornada.
En Pandæmonium llegó el turno de Kublai Khan TX, otra de las bandas que más ruido viene haciendo dentro del hardcore contemporáneo. El resultado estuvo exactamente a la altura de las expectativas. Circle pits enormes, pogos constantes y una violencia perfectamente controlada acompañaron un recital dominado por una energía inagotable. Aunque la banda abusa por momentos de los breakdowns repetitivos, evitando demasiadas variantes compositivas, nunca pierde intensidad ni cae en los lugares comunes más melosos que hoy aparecen con frecuencia dentro del género.
Las dudas alrededor de Bring Me The Horizon desaparecieron apenas comenzaron los primeros minutos de su actuación. El grupo británico ofreció uno de los mejores conciertos de todo Copenhell. En vivo, las canciones adquirieron un peso mucho mayor que en estudio. Incluso los pasajes más cercanos al pop se integraron naturalmente dentro de un espectáculo sorprendentemente pesado y contundente. A eso se sumó una producción visual sencillamente espectacular, con pantallas gigantes proyectando imágenes, animaciones y mensajes que enriquecían permanentemente cada canción y aportaban una narrativa visual pocas veces vista durante el festival. Oliver Sykes volvió a confirmar por qué es uno de los mejores frontmen de su generación. Cantó con enorme seguridad, bajó del escenario para mezclarse con la gente, se lanzó sobre el público, invitó fanáticos a compartir distintos momentos y manejó cada segundo del recital con un oficio admirable. Hasta el bis escapó de cualquier fórmula tradicional. Durante algunos minutos la banda simuló un corte definitivo del espectáculo y abandonó el escenario, generando incertidumbre antes de regresar para el cierre. Un recurso sencillo, pero ejecutado de manera tan convincente que terminó potenciando aún más un show que rozó la perfección.
El cierre de mi recorrido llegó junto a Sepultura en Hades. Todo indica que la larguísima gira despedida finalmente comienza a acercarse a su desenlace y esta presentación fue anunciada como la última de la banda en Dinamarca. Musicalmente hubo poco para discutir. Andreas Kisser volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los grandes guitarristas del metal, ejecutando cada riff con una precisión admirable. Paulo Jr. sostuvo la base con absoluta solidez y el baterista volvió a destacarse con una actuación sobresaliente. El sonido también acompañó durante prácticamente todo el recital. El punto más débil volvió a ser Derrick Green. Nunca terminó de convencer como intérprete de las canciones clásicas y, una vez más, sus voces deformaron buena parte del material histórico mientras su presencia escénica resultó bastante apagada para una banda de semejante legado. La elección del repertorio también dejó sensaciones encontradas. Resultó difícil comprender la decisión de dedicar tres canciones al nuevo EP, de marcada influencia gótica, y bastante alejadas del sonido tradicional de Sepultura, dentro de una gira que justamente celebra la historia completa del grupo. Una sola composición habría sido suficiente para presentar el material sin sacrificar clásicos fundamentales como "Troops of Doom" o "Dead Embryonic Cells". Incluso "Kaiowas", interpretada junto a músicos invitados de otras bandas del festival, terminó ocupando un tiempo que podría haberse destinado perfectamente a otra pieza imprescindible como "Slave New World". Aun así, himnos como "Arise", "Inner Self" y "Roots Bloody Roots" volvieron a emocionar al público y recordaron por qué Sepultura sigue ocupando un lugar central en la historia del metal extremo. Fue un concierto sólido y cumplidor, aunque lejos de transformarse en una despedida verdaderamente inolvidable.
El segundo capítulo terminó dejando la vara muy alta. Sin embargo, el festival todavía guardaba sus cartas más fuertes. El tercer y último día prometía emociones, despedidas y algunos de los shows más esperados de toda la edición. La historia de Copenhell 2026 todavía no había terminado.
DIA 1: LEYENDAS ETERNAS, PROMESAS Y ALGUNA DECEPCIÓN
Por quinto año consecutivo, Efecto Metal volvió a decir presente en el Copenhell, el festival más importante de Dinamarca, y uno de los encuentros metaleros más particulares de Europa. El antiguo astillero de Refshaleøen volvió a transformarse durante cuatro días en una ciudad dedicada al metal, con miles de fanáticos recorriendo sus cuatro escenarios, alternando entre grandes leyendas, nombres en ascenso y algunas apuestas que todavía tienen bastante por demostrar.
La primera jornada dejó un poco de todo: bandas que confirmaron por qué están creciendo, otras que no lograron convencer y un cierre simplemente inolvidable.
La actividad comenzó en Pandæmonium con Dogma, una banda que viene generando bastante repercusión gracias a su imagen. Sin embargo, una vez superado el impacto visual, poco queda para rescatar. Musicalmente intentan mezclar riffs pesados con estructuras y melodías de pop modernas para captar a un público más amplio, pero las canciones carecen de personalidad y difícilmente dejen alguna huella una vez terminadas. El concepto de presentarse caracterizadas como monjas diabólicas parece pensado más para llamar la atención de cierto sector del público que para aportar algo artístico a la propuesta. Después de unos quince minutos quedó claro que ya habíamos visto todo lo que tenían para ofrecer, así que decidimos cambiar completamente de ambiente.
Y fue la mejor decisión posible. En el bosque de Gehenna, Split demostró por qué es una de las bandas danesas de hardcore que más fuerte está empujando en la actualidad. Su excelente material de estudio ya había despertado expectativas, pero en vivo terminan de confirmar todo ese potencial. Desde temprano transformaron el pequeño escenario escondido entre los árboles en un enorme pit donde prácticamente nadie permanecía quieto. La intensidad fue constante de principio a fin, acompañada además por invitados pertenecientes a bandas amigas como Neckbreakker y Baest, que terminaron potenciando todavía más una presentación cargada de violencia, energía y espíritu comunitario.
El contraste llegó nuevamente en Hades, donde se presentó Mammoth, la banda liderada por Wolfgang Van Halen. Es imposible separar el proyecto del peso que implica llevar ese apellido, y probablemente buena parte del público estuviera allí precisamente por eso. Técnicamente el show fue muy correcto: excelente sonido, músicos sólidos y una ejecución impecable. El problema aparece cuando uno analiza las canciones. Ninguna termina de despegar, falta ese gancho que haga que el recital cobre vida. Todo funciona, pero pocas veces emociona.
La tarde continuó con Townhr en Pandæmonium. Para quienes disfrutan del metalcore moderno con fuertes influencias electrónicas, fue probablemente uno de los puntos altos del día. La banda contó con una importante base de seguidores que respondió desde el primer tema, generando un clima realmente intenso. Personalmente nunca logré conectar demasiado con este estilo. Después de la primera mitad del recital quedó la sensación de que la fórmula termina repitiéndose constantemente: breakdown tras breakdown, estribillos excesivamente melódicos y pocos matices entre una canción y otra. Eso no impidió reconocer que la banda dio un gran show y que el público salió completamente satisfecho. Simplemente no es una propuesta que logre atraparnos.
El escenario principal abrió oficialmente con Tom Morello, aunque llegamos justo para la segunda mitad de su presentación. Y, siendo sinceros, probablemente fuera la parte más interesante. Los primeros minutos estuvieron dedicados principalmente a su carrera solista, un repertorio que difícilmente despierte demasiado entusiasmo fuera de sus seguidores más fieles. En cambio, el tramo final sí ofreció aquello que todos esperaban: un emotivo homenaje a Ozzy Osbourne, momentos instrumentales repasando clásicos de Rage Against the Machine y una muy sentida interpretación de "Like a Stone" en recuerdo de Chris Cornell. El talento de Morello sigue siendo absolutamente extraordinario. Sus recursos con la guitarra continúan sorprendiendo incluso después de décadas de carrera y su presencia escénica permanece intacta. Pero también es inevitable pensar lo mismo que buena parte del público: todos seguimos esperando volver a verlo junto a Rage Against the Machine. Después de todo, con Audioslave esa reunión ya nunca será posible.
Uno de los recitales que más expectativa personal generaba era Six Feet Under. No tanto por la banda en sí, cuya discografía nunca terminó de ubicarse entre las grandes del death metal, sino por la posibilidad de volver a ver sobre un escenario a dos integrantes fundamentales de la época clásica de Cannibal Corpse: Jack Owen y Chris Barnes. Las sensaciones fueron encontradas. Jack Owen sigue siendo un guitarrista extraordinario. Todo parece salirle con una facilidad insultante, tocando con una naturalidad que solamente tienen los músicos realmente grandes. El resto del grupo también sonó compacto, pesado y muy ajustado. El verdadero problema es Chris Barnes. Resulta doloroso decirlo porque hablamos de una figura histórica del género, pero su estado vocal ya no está a la altura. Los guturales profundos apenas tienen potencia y los agudos aparecen completamente forzados. Esa limitación termina condicionando incluso la composición de las canciones, que casi siempre se desarrollan a medio tiempo porque simplemente ya no puede afrontar velocidades mayores. Cuando llegaron los clásicos de Cannibal Corpse, "Stripped, Raped and Strangled" y "Hammer Smashed Face", esas dificultades quedaron todavía más expuestas. La emoción de escuchar semejantes himnos sigue estando, pero una crónica también debe señalar cuando las limitaciones son evidentes.
Y entonces llegó uno de los momentos más espectaculares de toda la jornada. Con 78 años, Alice Cooper sigue demostrando por qué inventó gran parte del concepto moderno de frontman. Su recital volvió a ser una auténtica obra de teatro de terror, con distintos actos desarrollándose permanentemente sobre el escenario: asesinatos ficticios, la aparición de enormes elementos inflables, espadas, sangre, la clásica decapitación y toda esa colección de recursos teatrales que hace décadas forman parte de su identidad. Musicalmente tampoco hubo fisuras. Pocas bandas logran justificar la presencia de tres guitarristas sobre un mismo escenario. Alice lo consigue con absoluta naturalidad, permitiendo que cada uno tenga un rol perfectamente definido y espacio suficiente para destacarse. La joven Anna Cara fue una de las grandes revelaciones de la noche, luciéndose constantemente sin caer nunca en excesos. El repertorio mezcló clásicos inevitables como "Poison", "Feed My Frankenstein" y "House of Fire" con joyas menos habituales como "Brutal Planet" u "Only Women Bleed", ofreciendo un equilibrio perfecto entre nostalgia y sorpresas. Quizás el único punto discutible fue el cierre con una versión de "Smells Like Teen Spirit". No estuvo mal ejecutada, pero cuesta entender la necesidad de recurrir a un cover cuando Alice Cooper posee uno de los catálogos más importantes de la historia del rock.
Después fue el turno de Suicidal Tendencies, que convirtió Hades en una auténtica fiesta. Como siempre, el grupo mezcla violencia, camaradería y diversión como pocas bandas saben hacerlo. Es cierto que suelen extender demasiado algunas canciones en vivo, algo que por momentos puede hacerse un poco largo, pero transmiten tanta energía que resulta imposible enojarse. Mike Muir volvió a mostrarse hiperactivo durante todo el recital, lanzándose sobre el público, improvisando bailes, dejando mensajes de unión y realizando también algunos comentarios sobre la situación política. El cierre fue una locura absoluta: cerca de cien personas terminaron sobre el escenario haciendo pogo junto a la banda mientras todo el festival gritaba "ST". Un caos perfectamente organizado.
Pero si había una presentación que justificaba por sí sola el precio de la entrada era Iron Maiden. ¿Qué puede decirse de Maiden que todavía no se haya dicho? Muy pocas bandas logran emocionar incluso antes de tocar la primera nota. La gira actual recupera auténticas joyas para los fanáticos de toda la vida, como "Infinite Dreams", además de interpretar obras monumentales como "Seventh Son of a Seventh Son" y "Rime of the Ancient Mariner", sin olvidarse de clásicos eternos como "Run to the Hills", "Wasted Years", "Killers" o "Phantom of the Opera", en un hermoso guiño a la etapa de Paul Di'Anno. Las pantallas acompañaron muy bien toda la propuesta visual, aunque por momentos inevitablemente se extrañan aquellos enormes Eddie inflables y las escenografías físicas que durante tantos años caracterizaron a la banda. Hubo pequeñas imperfecciones de ejecución aquí y allá, absolutamente normales en un repertorio tan complejo, pero nada que empañe la magnitud del espectáculo. Quizás la única comparación inevitable sea con Nicko McBrain. El nuevo baterista cumple correctamente, pero su estilo resulta mucho más sobrio y menos espectacular. Se extraña esa personalidad gigantesca que Nicko imprimía detrás de los parches. Aun así, Iron Maiden sigue siendo una experiencia única. Una banda inmensa que continúa escribiendo su propia leyenda y que ojalá nunca deje de recorrer los escenarios del mundo.
Como cierre de nuestra jornada todavía quedaba Mastodon en Hades. La banda atraviesa un momento delicado tras la salida de Brent Hinds y su posterior fallecimiento, una pérdida enorme tanto en lo humano como en lo artístico. Sin embargo, lejos de mostrarse golpeados, ofrecieron una actuación sobresaliente. El nuevo guitarrista responde con absoluta solvencia desde lo instrumental, aunque naturalmente no cubre el rol vocal de Hinds. Ahora buena parte de esas líneas recaen sobre Troy Sanders, reduciendo de tres a dos las voces principales del grupo. Más allá de ese cambio, Mastodon sigue sonando gigantesco. Se dieron el gusto de interpretar composiciones tan complejas como "I Am Ahab" y "Crack the Skye", además de presentar "Your Ghost Again", una canción nueva que funcionó sorprendentemente bien en directo. Si alguien dudaba sobre el futuro de la banda, la respuesta quedó clara en Copenhell: hay Mastodon para rato.
Así terminó una primera jornada donde convivieron la decepción, la nostalgia, las leyendas vivientes y las nuevas generaciones. Un comienzo con altibajos, sí, pero también con varios recitales que justifican plenamente seguir considerando a Copenhell como uno de los festivales más atractivos del circuito europeo.
Lo que nos dejó el Wacken Open Air 2026
Hablar de la 35.ª edición del Wacken Open Air no es referirse a un simple festival de música; es narrar una verdadera peregrinación mundial al templo del Holy Ground en Schleswig-Holstein (Noroeste de Alemania). Del 29 de julio al 1° de agosto de 2026, las sagradas praderas del norte de Alemania se convirtieron nuevamente en el epicentro de la devastación sonora mundial, congregando a decenas de miles de almas unidas por el llamado del metal en todas sus vertientes. El cartel de este año fue un tributo contundente a la vieja escuela y al legado incombustible del acero.
1°. El Heavy en retrospectiva
Comenzamos la retrospectiva pesada con Judas Priest. El "Metal God", Rob Halford, volvió a impartir cátedra desde el Harder Stage. Con un registro vocal que desafía las leyes del tiempo y apoyado por las guitarras afiladas y precisas de Richie Faulkner y Andy Sneap (que cumplen y con creces), la banda británica sacudió el suelo germano a base de sus riffs icónicos. Clásicos inoxidables como "Electric Eye" o "Hell Bent for Leather" demostraron que el heavy metal clásico no solo resiste, sino que domina cualquier escenario del mundo.
Powerwolf y Sabaton representaron el Power Metal teatral y bélico, tan en boga en los últimos tiempos, por lo menos en Europa. Powerwolf encendió las luminarias del Faster Stage con sus orquestaciones eclesiásticas, coros épicos y pirotecnia abrumadora. Por su parte, los suecos Sabaton desplegaron un espectáculo conceptual inmersivo; con el retumbar del doble bombo “ametrallante”, tanques de la Primera Guerra Mundial en escena y un público convertido en un batallón de puños en alto, firmaron uno de los momentos de mayor comunión masiva del evento (y posiblemente el mejor show que un servidor vio en los escenarios del WOA).
Las leyendas que siguen y las que se despidieron de su público: Saxon y Running Wild.
La veracidad de la NWOBHM se hizo sentir con Saxon descargando un setlist cargado de estoicismo británico, tan propios de himnos como “Power and the Glory”, “Denim and Leather” y “Princess of the Night”. Mientras que Running Wild desató su característico Pirate Metal cargado de velocidad y galopes de bajo, todo bajo un manto de emociones fuertes, ya que los teutones se despedían después de décadas de batallas en los escenarios del mundo.
2°. La Oscuridad y todos sus tonos (oscuros, como deben ser): Black, Death y Doom por los escenarios del Wacken.
Para los devotos de las frecuencias más oscuras y agresivas, el festival entregó pasajes inolvidables de refinada brutalidad: Emperor deslumbró a todos desde el escenario Louder. Los oscuros pioneros del Symphonic Black Metal noruego (etiqueta que mucho le gusta a la banda), ofrecieron una atmósfera gélida y abrasadora al mismo tiempo. Con las voces desgarradoras de guitarras disonantes y la densidad del muro de sonido que los caracteriza, Ihsahn, Samatoh, Trym y Jørgen Munkeby elevaron la complejidad armónica del festival a cotas sublimes, con un virtuosismo que sobrepasa los límites del género.
In Flames & Arch Enemy: La vertiente del Melodic Death Metal sueco tuvo una presencia aplastante. In Flames destrozó el escenario con una tormenta de riffs afinados (copyright de la casa) y también los nuevos tonos bajos, sin abandonar una dinámica visceral típica de ellos, mezcla balanceada de guturales y pasajes melódicos que provocaron unos circle pits gigantes. Lo de Arch Enemy, con Lauren Hart al frente (ella tiene una buena presencia escénica), fue un acto sencillamente demoledor, como queriendo demostrar que el combo de Amott y compañía sigue más que vigente en la escena actual. Grooves abrasivos, crossovers violentos y el recuerdo de los orígenes extremos.
En medio de su histórica ruta de despedida, Sepultura, la mítica banda brasileña sacudió los cimientos de Wacken. Su característico sonido cargado de percusiones tribales afrobrasileñas y breakdowns (¡excelentes!), creó una noche llena de energía nostálgica en el campo teutón. La banda se despide de los escenarios, quizás e irónicamente en el mejor momento con Derrick Green como frontman.
¿Qué se puede decir nuevo sobre un concierto de los apabullantes Lamb of God? Randy Blythe y los suyos salieron a no tomar prisioneros y se explayaron como mejor lo saben hacer, con el Groove Metal más poderoso del Mundo y los mayores circle pits de la presente edición.
Por su lado, Hatebreed convirtió el Louder Stage en un muro de agresión positiva y contestataria con el característico Hardcore groovero. Destacaría también el set de Triptykon, repleto de clásicos de los seminales, creativos y fundamentales Celtic Frost, banda que Thomas Gabriel Warrior también supo encumbrar en la cima de metal extremo. Remembranza y brutalidad de las mejores, de mano de los suizos.
3°. Epílogo y promesa de futuro: El Metal como sello de honor generacional.
Wacken 2026 volvió a demostrar por qué es una fortaleza inexpugnable, literalmente. Lo que otros festivales, con más y mejor cartel (algo que es más que evidente en los últimos años) no pueden lograr es la conexión con el público, que se pone la camiseta del festival una y otra vez. Entre el aroma a cerveza (litros y litros), la lluvia marca de casa (¡¡no hay WOA sin lluvia!!), el metal unido eternamente al cuero y los chalecos plagados de parches, la comunidad “heavymetalera” internacional ratificó su pacto indisoluble con la música más pesada. Las melodías distorsionadas se apagan por este año en el noroeste alemán, pero el eco del rain or shine resonará en nuestros oídos hasta la próxima llamada al frente de batalla.