DIA 1: LEYENDAS ETERNAS, PROMESAS Y ALGUNA DECEPCIÓN
Por quinto año consecutivo, Efecto Metal volvió a decir presente en el Copenhell, el festival más importante de Dinamarca, y uno de los encuentros metaleros más particulares de Europa. El antiguo astillero de Refshaleøen volvió a transformarse durante cuatro días en una ciudad dedicada al metal, con miles de fanáticos recorriendo sus cuatro escenarios, alternando entre grandes leyendas, nombres en ascenso y algunas apuestas que todavía tienen bastante por demostrar.
La primera jornada dejó un poco de todo: bandas que confirmaron por qué están creciendo, otras que no lograron convencer y un cierre simplemente inolvidable.
La actividad comenzó en Pandæmonium con Dogma, una banda que viene generando bastante repercusión gracias a su imagen. Sin embargo, una vez superado el impacto visual, poco queda para rescatar. Musicalmente intentan mezclar riffs pesados con estructuras y melodías de pop modernas para captar a un público más amplio, pero las canciones carecen de personalidad y difícilmente dejen alguna huella una vez terminadas. El concepto de presentarse caracterizadas como monjas diabólicas parece pensado más para llamar la atención de cierto sector del público que para aportar algo artístico a la propuesta. Después de unos quince minutos quedó claro que ya habíamos visto todo lo que tenían para ofrecer, así que decidimos cambiar completamente de ambiente.
Y fue la mejor decisión posible. En el bosque de Gehenna, Split demostró por qué es una de las bandas danesas de hardcore que más fuerte está empujando en la actualidad. Su excelente material de estudio ya había despertado expectativas, pero en vivo terminan de confirmar todo ese potencial. Desde temprano transformaron el pequeño escenario escondido entre los árboles en un enorme pit donde prácticamente nadie permanecía quieto. La intensidad fue constante de principio a fin, acompañada además por invitados pertenecientes a bandas amigas como Neckbreakker y Baest, que terminaron potenciando todavía más una presentación cargada de violencia, energía y espíritu comunitario.
El contraste llegó nuevamente en Hades, donde se presentó Mammoth, la banda liderada por Wolfgang Van Halen. Es imposible separar el proyecto del peso que implica llevar ese apellido, y probablemente buena parte del público estuviera allí precisamente por eso. Técnicamente el show fue muy correcto: excelente sonido, músicos sólidos y una ejecución impecable. El problema aparece cuando uno analiza las canciones. Ninguna termina de despegar, falta ese gancho que haga que el recital cobre vida. Todo funciona, pero pocas veces emociona.
La tarde continuó con Townhr en Pandæmonium. Para quienes disfrutan del metalcore moderno con fuertes influencias electrónicas, fue probablemente uno de los puntos altos del día. La banda contó con una importante base de seguidores que respondió desde el primer tema, generando un clima realmente intenso. Personalmente nunca logré conectar demasiado con este estilo. Después de la primera mitad del recital quedó la sensación de que la fórmula termina repitiéndose constantemente: breakdown tras breakdown, estribillos excesivamente melódicos y pocos matices entre una canción y otra. Eso no impidió reconocer que la banda dio un gran show y que el público salió completamente satisfecho. Simplemente no es una propuesta que logre atraparnos.
El escenario principal abrió oficialmente con Tom Morello, aunque llegamos justo para la segunda mitad de su presentación. Y, siendo sinceros, probablemente fuera la parte más interesante. Los primeros minutos estuvieron dedicados principalmente a su carrera solista, un repertorio que difícilmente despierte demasiado entusiasmo fuera de sus seguidores más fieles. En cambio, el tramo final sí ofreció aquello que todos esperaban: un emotivo homenaje a Ozzy Osbourne, momentos instrumentales repasando clásicos de Rage Against the Machine y una muy sentida interpretación de "Like a Stone" en recuerdo de Chris Cornell. El talento de Morello sigue siendo absolutamente extraordinario. Sus recursos con la guitarra continúan sorprendiendo incluso después de décadas de carrera y su presencia escénica permanece intacta. Pero también es inevitable pensar lo mismo que buena parte del público: todos seguimos esperando volver a verlo junto a Rage Against the Machine. Después de todo, con Audioslave esa reunión ya nunca será posible.
Uno de los recitales que más expectativa personal generaba era Six Feet Under. No tanto por la banda en sí, cuya discografía nunca terminó de ubicarse entre las grandes del death metal, sino por la posibilidad de volver a ver sobre un escenario a dos integrantes fundamentales de la época clásica de Cannibal Corpse: Jack Owen y Chris Barnes. Las sensaciones fueron encontradas. Jack Owen sigue siendo un guitarrista extraordinario. Todo parece salirle con una facilidad insultante, tocando con una naturalidad que solamente tienen los músicos realmente grandes. El resto del grupo también sonó compacto, pesado y muy ajustado. El verdadero problema es Chris Barnes. Resulta doloroso decirlo porque hablamos de una figura histórica del género, pero su estado vocal ya no está a la altura. Los guturales profundos apenas tienen potencia y los agudos aparecen completamente forzados. Esa limitación termina condicionando incluso la composición de las canciones, que casi siempre se desarrollan a medio tiempo porque simplemente ya no puede afrontar velocidades mayores. Cuando llegaron los clásicos de Cannibal Corpse, "Stripped, Raped and Strangled" y "Hammer Smashed Face", esas dificultades quedaron todavía más expuestas. La emoción de escuchar semejantes himnos sigue estando, pero una crónica también debe señalar cuando las limitaciones son evidentes.
Y entonces llegó uno de los momentos más espectaculares de toda la jornada. Con 78 años, Alice Cooper sigue demostrando por qué inventó gran parte del concepto moderno de frontman. Su recital volvió a ser una auténtica obra de teatro de terror, con distintos actos desarrollándose permanentemente sobre el escenario: asesinatos ficticios, la aparición de enormes elementos inflables, espadas, sangre, la clásica decapitación y toda esa colección de recursos teatrales que hace décadas forman parte de su identidad. Musicalmente tampoco hubo fisuras. Pocas bandas logran justificar la presencia de tres guitarristas sobre un mismo escenario. Alice lo consigue con absoluta naturalidad, permitiendo que cada uno tenga un rol perfectamente definido y espacio suficiente para destacarse. La joven Anna Cara fue una de las grandes revelaciones de la noche, luciéndose constantemente sin caer nunca en excesos. El repertorio mezcló clásicos inevitables como "Poison", "Feed My Frankenstein" y "House of Fire" con joyas menos habituales como "Brutal Planet" u "Only Women Bleed", ofreciendo un equilibrio perfecto entre nostalgia y sorpresas. Quizás el único punto discutible fue el cierre con una versión de "Smells Like Teen Spirit". No estuvo mal ejecutada, pero cuesta entender la necesidad de recurrir a un cover cuando Alice Cooper posee uno de los catálogos más importantes de la historia del rock.
Después fue el turno de Suicidal Tendencies, que convirtió Hades en una auténtica fiesta. Como siempre, el grupo mezcla violencia, camaradería y diversión como pocas bandas saben hacerlo. Es cierto que suelen extender demasiado algunas canciones en vivo, algo que por momentos puede hacerse un poco largo, pero transmiten tanta energía que resulta imposible enojarse. Mike Muir volvió a mostrarse hiperactivo durante todo el recital, lanzándose sobre el público, improvisando bailes, dejando mensajes de unión y realizando también algunos comentarios sobre la situación política. El cierre fue una locura absoluta: cerca de cien personas terminaron sobre el escenario haciendo pogo junto a la banda mientras todo el festival gritaba "ST". Un caos perfectamente organizado.
Pero si había una presentación que justificaba por sí sola el precio de la entrada era Iron Maiden. ¿Qué puede decirse de Maiden que todavía no se haya dicho? Muy pocas bandas logran emocionar incluso antes de tocar la primera nota. La gira actual recupera auténticas joyas para los fanáticos de toda la vida, como "Infinite Dreams", además de interpretar obras monumentales como "Seventh Son of a Seventh Son" y "Rime of the Ancient Mariner", sin olvidarse de clásicos eternos como "Run to the Hills", "Wasted Years", "Killers" o "Phantom of the Opera", en un hermoso guiño a la etapa de Paul Di'Anno. Las pantallas acompañaron muy bien toda la propuesta visual, aunque por momentos inevitablemente se extrañan aquellos enormes Eddie inflables y las escenografías físicas que durante tantos años caracterizaron a la banda. Hubo pequeñas imperfecciones de ejecución aquí y allá, absolutamente normales en un repertorio tan complejo, pero nada que empañe la magnitud del espectáculo. Quizás la única comparación inevitable sea con Nicko McBrain. El nuevo baterista cumple correctamente, pero su estilo resulta mucho más sobrio y menos espectacular. Se extraña esa personalidad gigantesca que Nicko imprimía detrás de los parches. Aun así, Iron Maiden sigue siendo una experiencia única. Una banda inmensa que continúa escribiendo su propia leyenda y que ojalá nunca deje de recorrer los escenarios del mundo.
Como cierre de nuestra jornada todavía quedaba Mastodon en Hades. La banda atraviesa un momento delicado tras la salida de Brent Hinds y su posterior fallecimiento, una pérdida enorme tanto en lo humano como en lo artístico. Sin embargo, lejos de mostrarse golpeados, ofrecieron una actuación sobresaliente. El nuevo guitarrista responde con absoluta solvencia desde lo instrumental, aunque naturalmente no cubre el rol vocal de Hinds. Ahora buena parte de esas líneas recaen sobre Troy Sanders, reduciendo de tres a dos las voces principales del grupo. Más allá de ese cambio, Mastodon sigue sonando gigantesco. Se dieron el gusto de interpretar composiciones tan complejas como "I Am Ahab" y "Crack the Skye", además de presentar "Your Ghost Again", una canción nueva que funcionó sorprendentemente bien en directo. Si alguien dudaba sobre el futuro de la banda, la respuesta quedó clara en Copenhell: hay Mastodon para rato.
Así terminó una primera jornada donde convivieron la decepción, la nostalgia, las leyendas vivientes y las nuevas generaciones. Un comienzo con altibajos, sí, pero también con varios recitales que justifican plenamente seguir considerando a Copenhell como uno de los festivales más atractivos del circuito europeo.